domingo, 23 de abril de 2023

La era de la glaciación

Si el tiempo que pasas en un lugar es un ente con vida propia que nace el día que empiezas a vivir en él quizás cuando este ente llega una determinada edad sea el momento natural de considerar marcharse. 

Vivo hace casi veinte años en Barcelona, llegué a finales de 2003 a una Barcelona que construía y promocionaba el Fórum en un posible intento de revivir el 92 (o incluso la época de las Exposiciones de 1888 y 1929); un “crísol de culturas”, un homenaje al cemento y las placas solares de veinte hectáreas y más de trescientos millones de euros de presupuesto escondiendo restos industriales, maquillando y/o evidenciando La Mina y ganando metros al Mediterráneo (como si al mar se le pudiera ganar en algo). Cemento y placas solares que aún no conocían Primaveras Sounds, ni Cruillas, ni otros menesteres del turismo musical. Llegué a una Barcelona que aún sostenía diez años de resaca de unos juegos olímpicos que ví desde mi televisor de tubo de rayos catódicos en un pueblo a orillas del Cantábrico. 

No conocí la Barcelona preolímpica de la que hablan las palabras que la retratan, critican, halagan y comparan y que, para bien o para mal, establecen en aquel 92 un antes y después. Me han aproximado a esa Barcelona, que no puedo imaginar en qué grado y forma hubiera apreciado o defenestrado, múltiples artículos de opinión de hemeroteca o, entre otros, los momentos de contracultura músico-poética recopilados en Gestió del Caos (Aleix Salvans, 2018). Sin embargo, sí que conocí las Ramblas llenas de artistas callejeros retratados por cámaras de carrete e incipientes cámaras digitales entre teléfonos móviles sin cámaras ni colores. Conocí otro Sant Pere Més Alt y Baix donde, un día cualquiera a las tres de la tarde, Mossos d’Esquadra en cada esquina avisaban a los paseantes que era mejor caminar por otro lugar. Conocí una Barcelona con más granjas y otros sucesores similares de históricos colmados y autoservicios. Una Barcelona donde no había franquicias sobre ruedas repartiendo cualquier cosa repartible a cualquier hora del día, donde la combinación heterogénea de vehículos no parecía un cruce de calles del GTA. Conocí la Barcelona que se destruía en la película documental En Construcción (José Luis Guerín, 2001). Y justamente puede que “en construcción” sea el estado perenne de las grandes aglomeraciones; como en su momento, la plaza Lesseps, como el nudo de Glories o como, jugando en otra liga diferente, la Sagrada Familia. 

Siento que Barcelona está desgastada, llena de óxido y franquicias germinando tras cada cartel de inmobiliaria. Germina un Starbucks al lado de la estación de Arco de Triunfo que es posible esté ya en pleno rendimiento o sea pronto reemplazado por otra institución similar, germinan cientos de tiendas anodinas y efímeras sobre los restos de las herencias de hijos, sobrinos o nietos que en lugar de poder o querer perpetuar, reflotar o reconvertir tiendas de barrio seguramente deficitarias decidieron venderse al capitalismo agresivo para no vivir esclavizados a una silla de oficina remota o presencial a un mínimo de treinta minutos de tránsito por el subsuelo. 

A las ciudades no les importan los pies que las transitan pero el peso de más de dieciséis mil personas por kilómetro cuadrado que aglutina esta ciudad sostenido por la hormigonera de túneles del suburbano es el meteorito que la aboca a algún Apocalipsis, a la glaciación de la civilización en una colección de logotipos franquiciados que podrían estar en cualquier ciudad. Caminar por Barcelona un día —si es que ese día no ha llegado ya— será como caminar por cualquier otro lugar sometido a las mismas leyes, será sentir el poder la ubicuidad de los centros comerciales, los parques temáticos y las tiendas de souvenirs. Quizás sea este el destino de las civilizaciones urbanas, y digo urbanas esperando no llegar a ver un declive similar en lo rural o intentos de imitar lo urbano, de la misma manera que el mundo se inspira en el reino de la Coca Cola y el McDonalds. Quizás todos los lugares donde se acumulan demasiadas personas tienden al mismo estanque lleno de mosquitos revoloteando o quizás Barcelona sea una ciudad de playa con veraneantes perpetuos donde, independientemente de la meteorología, siempre sea agosto. 

La única opción es tal vez parapetarse extramuros y hacer de tu domicilio tu castillo, confiar en no tener obras demasiado cerca o que, si las hay, no sean perpetuas y mirar el horizonte disponible desde tu balcón o ventana hasta que lo que veas se convierta también en cualquier lugar. Si lo que más valoras del lugar en el que vives es tu domicilio entonces considera si tu ente vital ya ha vivido demasiado tiempo en él. Y si además imaginas tu casa en un campo en medio de la nada quizás es que ese lugar en el que vives no tiene ya más sentido que sostener los cimientos de la casa que habitas.

Digo todo esto sin ánimo de sacralizar innecesariamente tiempos pretéritos, de criticar encarnizadamente el presente o de ser como algunas voces de generaciones anteriores aficionadas a, acompañándose de duras críticas a “la juventud”, idolatrar un antes que nunca volverá y que siempre fue mejor. 

Quizás si hubiera vivido aquí hace veinte años hubiera pensado lo mismo por otros motivos, quizás sólo se puede vivir en los lugares un número determinado de años. Seguramente habrán existido otras yo de otros siglos rememorando otros veinte años de existencia en esta ciudad y diciendo las mismas cosas, seguramente existieron miradas críticas parecidas a esta sobre similares pensamientos considerando abandonar esta ciudad justo cuando yo llegaba.

Es posible que Barcelona hace veinte años ya fuera la misma que ahora y que sea yo quien haya cambiado la manera de mirarla, quizás sea necesario otro 92, o incluso otro Fórum fallido, que reacomode los cimientos o los remueva, o los tire abajo para volver a construirla. Mientras tanto, hasta que esta glaciación despersonalizadora de lo urbano la haga inhabitable, vendrán muchas otras yo a transitarla, vivirla, repetir las mismas cosas y finalmente, seguramente con muchas reticencias, considerar emigrarla.