“¡Qué despropósito una bayeta blanca!”, escucho a una voz exclamar con vehemencia después de haber cumplido una pulcra tarea de eliminación de partículas de polvo y años en un armario apolillado. “No sé, no sé”, pienso mientras caigo sobre toallas y trapos en la pila de tareas pendientes de la lavadora.
Soy una bayeta de microfibra blanca; blanca de color y de marca. Soy de la marca blanca de nombre verde de una conocida cadena de supermercados española famosa, entre otras cosas, por imitar a grandes marcas de color y mejorarlas. Nací, supongo, después de un proceso en serie del que no recuerdo nada en el que me envasaron junto a otras dos bayetas iguales en textura pero diferentes en tintura: una verde claro y otra de un color impreciso entre el rojo, el rosa y el naranja. Grandes compañeras de bolsa y de estante, y mejores bayetas. Los estantes de supermercado deben ser, imagino, algo así como los balcones de los humanos; observamos a la gente si tenemos la suerte de estar en primera línea de pasillo, sino la escuchamos junto con la megafonía que anuncia las ofertas de las diferentes secciones.
Después de días intuyendo la corriente de personas por encima de las esquinas de los paquetes de bayetas colindantes, un día caí en las manos de una de esas personas que elige los elementos que están más atrás en los estantes en lugar de los primeros. Y así empezó mi aventura en el mundo exterior: caja, bolsa, coche, viaje, casa y armario.
Mis compañeras verde y rojorosanaranja fueron elegidas primero. Las bayetas, a diferencia de los humanos, rara vez tenemos contacto con bayetas más experimentadas en la vida que nos aconsejen o instruyan a no ser que sea en los propios domicilios a los que vamos a parar, o a no ser que podamos estar en armarios con vistas donde analizar lo que hacen nuestras compañeras. Pasé bastante tiempo sin saber muy bien cuándo podría cumplir alguna misión hasta que un día, mientras me encontraba pensando en estas cuestiones existenciales, escuché a la misma voz con la que inicié esta reflexión decir con cierto pesar: “Bueno, pues habrá que usar la bayeta blanca”. Sin darme tiempo a mayor reflexión, empezó la acción: limpié toda clase de superficies y suciedades en múltiples ciclos de frenéticos chapuzones de agua, escurridos y paseos en misiones limpiadoras.
Justo ahí, después de varias repeticiones de ese agua con insistencia, escurrir, escurrir, limpiar, limpiar; casi recién estrenada, fue cuando la voz se lamentó del despropósito de mi color para el cometido de bayeta mientras me arrojaba a una pila de toallas y trapos al lado de la lavadora.
Y aquí, mientras espero mi turno de lavado, pienso que hay bayetas, toallas y trapos de otros colores seguramente más necesitados de lavadora que yo, pero en sus fondos más oscuros nadie ve con tanta claridad la suciedad. “En fondo blanco la porquería reclama más lejía”, me dice un trapo de cocina azul marino. “Salta a la vista”, añade. “Mejor ser trapo blanco lleno de porquería reclamando lejía que color oscuro y sufrido con sombra y polvo escondido”, pienso. “En todas partes cuecen habas”, dicen los humanos de refranero clásico. Seas bayeta o trapo blanco, azul marino, verde o de color impreciso, el polvo que recojes es el mismo. No por ver las cosas con más nitidez existen más, sobre cualquier superficie, fondo o lugar seguramente están en igual o en mayor cantidad.
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