domingo, 5 de enero de 2025

El bar de Joselín (Oriñón, Cantabria)

Que quien tenga la llave abra la puerta. 
Que vuelva a haber luz tras las ventanas. 

En otra vida no tan lejana en este lugar donde el musgo y los helechos ahora han hecho su casa, en esta casa silenciada de cristales rotos y futuro incierto, vivían y trabajaban Joselín y Mari. Hermanos. Hasta hace unos años, un cartel aún daba mudo testimonio de que en este lugar alguna vez hubo un bar; el Bar Cueva, alias "el bar de Joselín". Un nombre que bautizó un bar, una campa, y la institución de un recuerdo.

Mira esta casa e imagínala pintada, imagina esta puerta abierta y observa dentro todos los elementos normativos que puedan evocar la palabra “bar”. A la derecha un mostrador de ultramarinos y una puerta, al fondo la otra parte de la barra metálica; botellas, vitrinas, sillas negras, luz anaranjada. Imagina el muro que cierra la campa que tienes detrás, “la campa de Joselín”, lleno de gente y vasos. El bar del pueblo, en el centro del pueblo. En esa otra vida no tan lejana, cruzar esta esquina casi siempre suponía atravesar una nebulosa de gente y voces; y observar la luz naranja al fondo de la puerta abierta. Imagina un pastor alemán enorme, al menos enorme para la edad de mi recuerdo, llamado Tarzán. 

Aún en la decadencia con o si herederos de esta casa y bar, están los pasos y las voces de esas nebulosas de gente. Desconozco si alguien aún tiene las llaves de esta puerta pero, si las tiene, seguramente recuerdos como el mío encontrarían calma si en el centro del pueblo que representa esta esquina volviera a existir algún tipo de vida. Más allá de testamentos y escrituras, este lugar es herencia y pertenencia del recuerdo de una generación y, sin anclarse ni hipotecarse a ella, ojalá que quien tenga la acción, capacidad, posibilidad o potestad sobre este lugar la ejecute. Ojalá quien tuvo la autoridad de llevarse esas insignias de la pared y abrir grietas en los cristales pudiera personarse de forma anónima o nominativa y devolverle la vida. Una vida. 

De esa vida nacen el musgo y los helechos que ahora la habitan, de esa vida nacen estas palabras que la savia y el agua no pueden escribir. Quizás tenga algún tipo de llave la mano que en una ocasión dibujó las facciones exactas de uno de los regentes de este lugar en un cuadro y lo colocó tras el cristal roto. Sea esa u otra el alma a la que le iluminen estas palabras para que la vida sea real, para que la fachada que observamos todos los seres que entramos y salimos de este pueblo sea de nuevo referente universal de la vida y no solo una diana de piedras en sus vidrios o el estandarte de un mapa turístico. Que quien tenga la llave abra la puerta, que vuelva a haber luz tras las ventanas. 

Tataranieta, bisnieta, nieta e hija de un árbol genealógico enraizado en Oriñón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario