martes, 8 de julio de 2025

Gran Vía A, alias Vía Laietana (Barcelona)

Los layetanos fueron un poblado ibérico que habitó la actual ciudad condal y sus alrededores en tiempos anteriores a la fundación ―e invasión― de la romana Barcino; me pregunto qué hubieran dicho estos íberos, desde sus horizontes naturalmente pacificados, si hubieran sabido que un día una vía nombrada en su honor conectaría, extramuros, un conjunto de islas de cemento octogonales con el mar.

Hace muchos años que se suceden proyectos en la ciudad que prometen pacificar vías urbanas donde todo es asfalto, igual que el asfalto y el cemento se abrieron paso de forma menos pacífica por donde “todo era campo”. Carriles bici y vegetación pacifican la mediana de la Meridiana mientras escribo estas líneas, esa Meridiana paralela al meridiano terrestre trazada desde la Torre del Reloj del puerto por Ildefonso Cerdá, incluida en el mismo plan que la “Gran Vía A”. Esa Gran Via A se acabó convirtiendo, después de una reforma de cincuenta años de memoria histórica destruida, polvo y ruido, en la Vía Laietana, más o menos, como la conocemos hoy. Hace unos días, después de una nueva ―y mucho más tímida― reforma, esta vez de solo tres años ―o quizás un “solo” entrecomillado―, reabrió esta avenida que, histórica y originalmente, conectó a la burguesía con sus negocios.

Reabrió cerrándola al tránsito con una fiesta de carpas, actividades, gigantes y castellers; con un carril bici exclusivo de una sola dirección y carriles de subida restringidos al transporte público y al transporte privado de los barrios que toca pero no de todos los que conecta. Y sí, cierto es que merece una fiesta ciudadana ver esta vía por fin sin bloques rojiblancos de obra en esa perspectiva cenital desde la Plaza Urquinaona pero no sé si toda la historia que cimienta este lugar merece tanta fiesta.

La ambiciosa y destructora Reforma que abrió originalmente esta vía se llevó a cabo entre 1907 y 1957 y se llevó por delante 72 hectáreas de memoria histórica en una inspiración napoleónica de prevenir la presunta apología del amotinamiento que suponen las calles estrechas. Redondeando: 300 edificios, 2200 hogares (con sus 10000 habitantes), 80 calles y seguramente también algún que otro resto soterrado de civilizaciones anteriores para evitar detener las obras in aeternum. Por suerte, este pasado quedó documentado, aunque nunca utilizado para los fines que se prometieron, gracias a un concurso convocado para inmortalizar la zona poco antes de destruirla al que se presentaron más de 600 fotografías atesoradas hoy en el Archivo Fotográfico de Barcelona.

Algunos edificios indultados fueron trasladados piedra a piedra a otros emplazamientos de la ciudad, algunos de forma tan providencial como la Casa Padellás sacando a la luz en los cimientos de su nueva ubicación en la plaza del Rey, el núcleo de Barcino (y convirtiéndose así en la sede del actual MUHBA). El resto, demolidos, dejaron una vía abierta a la circulación en 1913, que en poco tiempo quedó escasa para el tránsito rodado, flanqueada por una suerte de solares donde se fueron erigiendo en los más de cuarenta años siguientes de la Reforma ―interrumpidos por la Guerra Civil― los edificios señoriales de inspiración norteamericana que aún hoy siguen en pie. El nuevo trazado dejó también algunas calles diseccionadas, o mutiladas, en los barrios damnificados generando esa sensación de abrupta desembocadura laietana al caminarlas u observarlas en el mapa. Cosa que, bien pensada, tampoco es tan extraña ya que sus trazados son herencia de las fronteras de la original muralla romana (redescubierta en fragmentos —entonces, ahora y siempre— por las obras).

Con todo esto, hoy, casi 125 años después del inicio de la Reforma original y tres años después del comienzo de esta última, siento que el antes y después de esta obra contemporánea es eufemísticamente discreto comparado con la memoria histórica destruida y construida que le precede.

Aún así, quizás este clima de pacificación y celebración (aún con las inevitables opiniones de una posible mejor actuación) sea propicio para que los responsables reconsideren y ejecuten ―a ser posible en menos tiempo que esta última obra― el proyecto de pacificación y conversión en el espacio de memoria que hace años se promete para esa antigua sede de hechos de color gris muy oscuro que ocupa el número 43 de esta Gran Via A, alias Vía Laietana.

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