viernes, 24 de julio de 2026

Los baches del Puntal de Laredo

En Laredo hay tres calles paralelas que conectan el Ensanche (véase “el pueblo”) con el Puntal: una de ida (Avenida de Francia), una de vuelta (Avenida de la Libertad) y una de ida y vuelta (Avenida Derechos Humanos). En estas tres avenidas existen los mismos baches hace tantos años que es posible identificar si alguien es local ―o visitante habitual― observando la precisión con la que los esquiva. Hace mucho tiempo que me pregunto, y seguramente no esté sola en esta pesquisa, cuál es el motivo que impide arreglarlos. 

Viví en Laredo hasta los diecinueve años, en los veintitrés años siguientes he ido volviendo y pasando temporadas cada vez más largas en la villa pejina. En todos estos retornos al origen, al cruzar Carlos V hacia el Puntal, siempre espero con ilusión que alguno de estos baches haya desaparecido pero, tristemente, no sucede. Cambian los coches, cambian los baldosines y colores de las residencias, aparecen y desaparecen obras y andamios, aparece incluso un carril bici (¡gracias!) pero ahí siguen los mismos baches (sumándose nuevos, claro). Es posible que algunos ya estuvieran ahí cuando mis padres me llevaban y traían del colegio. 

Es importante recordar que durante todo el año ―y no sólo en verano― existe un Laredo más allá de Carlos V y del hospital. El año pasado mi coche, aparcado en este Laredo muchas veces olvidado, apareció con una contundente raya en el lateral muy probablemente marcada por alguna bicicleta esquivando un bache. No la culpo, sortear los baches de estas avenidas en temporada alta en bicicleta o vehículo tiene alto riesgo de choque con elementos estacionados o en movimiento. 

Es triste que tantas personas hayamos memorizado los baches de estas calles y que además, como si esos desperfectos no fueran suficiente, con el tiempo se instalen con goma y tornillos ―y de forma oficial― nuevos obstáculos urbanísticos que memorizar. 

Por suerte, y aunque tenga opiniones encontradas sobre la ejecución de obras en temporada estival, este julio de 2026 vi algo que me dio cierta esperanza: tras esquivar los baches de la Avenida de la Libertad (siendo de estas tres avenidas la más transitable) y rodear la plaza de Carlos V, apareció una obra de asfaltado. Así que, si alguien recuerda que Laredo se prolonga más allá de Carlos V y del hospital, ojalá estas palabras sirvan de inspiración ―o de asfalto― para que esas obras lleguen algún día hasta el Puntal y que entonces muchas personas podamos eliminar de nuestros cerebros los innecesarios archivos que recuerdan la ubicación y fisonomía de los baches de las avenidas que van y vienen del Puntal, algunos memorizados hace más de veinte años.

martes, 8 de julio de 2025

Gran Vía A, alias Vía Laietana (Barcelona)

Los layetanos fueron un poblado ibérico que habitó la actual ciudad condal y sus alrededores en tiempos anteriores a la fundación ―e invasión― de la romana Barcino; me pregunto qué hubieran dicho estos íberos, desde sus horizontes naturalmente pacificados, si hubieran sabido que un día una vía nombrada en su honor conectaría, extramuros, un conjunto de islas de cemento octogonales con el mar.

Hace muchos años que se suceden proyectos en la ciudad que prometen pacificar vías urbanas donde todo es asfalto, igual que el asfalto y el cemento se abrieron paso de forma menos pacífica por donde “todo era campo”. Carriles bici y vegetación pacifican la mediana de la Meridiana mientras escribo estas líneas, esa Meridiana paralela al meridiano terrestre trazada desde la Torre del Reloj del puerto por Ildefonso Cerdá, incluida en el mismo plan que la “Gran Vía A”. Esa Gran Via A se acabó convirtiendo, después de una reforma de cincuenta años de memoria histórica destruida, polvo y ruido, en la Vía Laietana, más o menos, como la conocemos hoy. Hace unos días, después de una nueva ―y mucho más tímida― reforma, esta vez de solo tres años ―o quizás un “solo” entrecomillado―, reabrió esta avenida que, histórica y originalmente, conectó a la burguesía con sus negocios.

Reabrió cerrándola al tránsito con una fiesta de carpas, actividades, gigantes y castellers; con un carril bici exclusivo de una sola dirección y carriles de subida restringidos al transporte público y al transporte privado de los barrios que toca pero no de todos los que conecta. Y sí, cierto es que merece una fiesta ciudadana ver esta vía por fin sin bloques rojiblancos de obra en esa perspectiva cenital desde la Plaza Urquinaona pero no sé si toda la historia que cimienta este lugar merece tanta fiesta.

La ambiciosa y destructora Reforma que abrió originalmente esta vía se llevó a cabo entre 1907 y 1957 y se llevó por delante 72 hectáreas de memoria histórica en una inspiración napoleónica de prevenir la presunta apología del amotinamiento que suponen las calles estrechas. Redondeando: 300 edificios, 2200 hogares (con sus 10000 habitantes), 80 calles y seguramente también algún que otro resto soterrado de civilizaciones anteriores para evitar detener las obras in aeternum. Por suerte, este pasado quedó documentado, aunque nunca utilizado para los fines que se prometieron, gracias a un concurso convocado para inmortalizar la zona poco antes de destruirla al que se presentaron más de 600 fotografías atesoradas hoy en el Archivo Fotográfico de Barcelona.

Algunos edificios indultados fueron trasladados piedra a piedra a otros emplazamientos de la ciudad, algunos de forma tan providencial como la Casa Padellás sacando a la luz en los cimientos de su nueva ubicación en la plaza del Rey, el núcleo de Barcino (y convirtiéndose así en la sede del actual MUHBA). El resto, demolidos, dejaron una vía abierta a la circulación en 1913, que en poco tiempo quedó escasa para el tránsito rodado, flanqueada por una suerte de solares donde se fueron erigiendo en los más de cuarenta años siguientes de la Reforma ―interrumpidos por la Guerra Civil― los edificios señoriales de inspiración norteamericana que aún hoy siguen en pie. El nuevo trazado dejó también algunas calles diseccionadas, o mutiladas, en los barrios damnificados generando esa sensación de abrupta desembocadura laietana al caminarlas u observarlas en el mapa. Cosa que, bien pensada, tampoco es tan extraña ya que sus trazados son herencia de las fronteras de la original muralla romana (redescubierta en fragmentos —entonces, ahora y siempre— por las obras).

Con todo esto, hoy, casi 125 años después del inicio de la Reforma original y tres años después del comienzo de esta última, siento que el antes y después de esta obra contemporánea es eufemísticamente discreto comparado con la memoria histórica destruida y construida que le precede.

Aún así, quizás este clima de pacificación y celebración (aún con las inevitables opiniones de una posible mejor actuación) sea propicio para que los responsables reconsideren y ejecuten ―a ser posible en menos tiempo que esta última obra― el proyecto de pacificación y conversión en el espacio de memoria que hace años se promete para esa antigua sede de hechos de color gris muy oscuro que ocupa el número 43 de esta Gran Via A, alias Vía Laietana.

viernes, 14 de marzo de 2025

Sociedad isósceles aguda

“Uno trabaja y cuatro miran”, se dice de la cultura española. Y no es tan descabellado.

La cultura profesional converge a un paradigma individualista y feudalista lleno de estratos horizontales en pirámides isósceles donde la base cada vez se achica más. Estratos feudales cegados por sus anteojeras observando su propia parcela de especialidad, castigando el comunismo y la horizontalidad desde sus verticales estructuras de poder, luchando por tronos de hierro y anillos únicos. Quizás los peldaños de las empinadas escaleras del rango empresarial tendrían algún sentido si fueran el conocimiento, la experiencia y capacidad de enseñar los que los habilitaran, pero el mundo profesional moderno desvirtúa la lógica del puro aprendizaje con connotaciones asociadas a jerarquías y cargos inventados con nombres anglosajones. La jerarquía teórica del organigrama se desmantelaría si se rigiera por la lógica del conocimiento, la experiencia y la sabiduría. 

¿Qué sentido tienen las jerarquías cuando el conocimiento real está en la base de las pirámides? ¿Qué sentido tienen cuando el feudo no tiene tiempo para atender a los plebeyos que llaman a su puerta y que llenan su agenda? ¿En cuántas empresas modernas dada una lista de todo el personal el orden por jerarquía coincidiría con el orden por conocimiento, experiencia y sabiduría? 

Si la acción y engranaje real de una empresa se tapa con capas de títulos nobiliarios, si esa fuerza bruta desaparece y solo queda la nobleza feudal, el triángulo isósceles, inevitablemente se quedará sin base. Y la base nueva, elegida sin más criterio que el teórico, perderá todo el conocimiento anterior al ser formada por estratos sociales que priman el título, el rango y la responsabilidad última de su posición que es ser uno de esos elementos que mira mientras otros, la base, trabajan. Seguramente por esto a lo largo de la historia han comenzado, brillado y después desaparecido civilizaciones: egipcios, griegos, romanos, etc. 

El conocimiento, la experiencia y la sabiduría impiden tomar el rol de mirar a los que trabajan sin hacer nada, sin trabajar con ellos, sin convertir los triángulos en formas geométricas menos abruptas. No se puede perder la dimensión ni la humildad cuando el conocimiento, la experiencia y la sabiduría está justo debajo de los balcones de la parte alta de triángulos isósceles.

domingo, 5 de enero de 2025

El bar de Joselín (Oriñón, Cantabria)

Que quien tenga la llave abra la puerta. 
Que vuelva a haber luz tras las ventanas. 

En otra vida no tan lejana en este lugar donde el musgo y los helechos ahora han hecho su casa, en esta casa silenciada de cristales rotos y futuro incierto, vivían y trabajaban Joselín y Mari. Hermanos. Hasta hace unos años, un cartel aún daba mudo testimonio de que en este lugar alguna vez hubo un bar; el Bar Cueva, alias "el bar de Joselín". Un nombre que bautizó un bar, una campa, y la institución de un recuerdo.

Mira esta casa e imagínala pintada, imagina esta puerta abierta y observa dentro todos los elementos normativos que puedan evocar la palabra “bar”. A la derecha un mostrador de ultramarinos y una puerta, al fondo la otra parte de la barra metálica; botellas, vitrinas, sillas negras, luz anaranjada. Imagina el muro que cierra la campa que tienes detrás, “la campa de Joselín”, lleno de gente y vasos. El bar del pueblo, en el centro del pueblo. En esa otra vida no tan lejana, cruzar esta esquina casi siempre suponía atravesar una nebulosa de gente y voces; y observar la luz naranja al fondo de la puerta abierta. Imagina un pastor alemán enorme, al menos enorme para la edad de mi recuerdo, llamado Tarzán. 

Aún en la decadencia con o si herederos de esta casa y bar, están los pasos y las voces de esas nebulosas de gente. Desconozco si alguien aún tiene las llaves de esta puerta pero, si las tiene, seguramente recuerdos como el mío encontrarían calma si en el centro del pueblo que representa esta esquina volviera a existir algún tipo de vida. Más allá de testamentos y escrituras, este lugar es herencia y pertenencia del recuerdo de una generación y, sin anclarse ni hipotecarse a ella, ojalá que quien tenga la acción, capacidad, posibilidad o potestad sobre este lugar la ejecute. Ojalá quien tuvo la autoridad de llevarse esas insignias de la pared y abrir grietas en los cristales pudiera personarse de forma anónima o nominativa y devolverle la vida. Una vida. 

De esa vida nacen el musgo y los helechos que ahora la habitan, de esa vida nacen estas palabras que la savia y el agua no pueden escribir. Quizás tenga algún tipo de llave la mano que en una ocasión dibujó las facciones exactas de uno de los regentes de este lugar en un cuadro y lo colocó tras el cristal roto. Sea esa u otra el alma a la que le iluminen estas palabras para que la vida sea real, para que la fachada que observamos todos los seres que entramos y salimos de este pueblo sea de nuevo referente universal de la vida y no solo una diana de piedras en sus vidrios o el estandarte de un mapa turístico. Que quien tenga la llave abra la puerta, que vuelva a haber luz tras las ventanas. 

Tataranieta, bisnieta, nieta e hija de un árbol genealógico enraizado en Oriñón.

sábado, 24 de agosto de 2024

La bayeta blanca de microfibra

“¡Qué despropósito una bayeta blanca!”, escucho a una voz exclamar con vehemencia después de haber cumplido una pulcra tarea de eliminación de partículas de polvo y años en un armario apolillado. “No sé, no sé”, pienso mientras caigo sobre toallas y trapos en la pila de tareas pendientes de la lavadora. 

Soy una bayeta de microfibra blanca; blanca de color y de marca. Soy de la marca blanca de nombre verde de una conocida cadena de supermercados española famosa, entre otras cosas, por imitar a grandes marcas de color y mejorarlas. Nací, supongo, después de un proceso en serie del que no recuerdo nada en el que me envasaron junto a otras dos bayetas iguales en textura pero diferentes en tintura: una verde claro y otra de un color impreciso entre el rojo, el rosa y el naranja. Grandes compañeras de bolsa y de estante, y mejores bayetas. Los estantes de supermercado deben ser, imagino, algo así como los balcones de los humanos; observamos a la gente si tenemos la suerte de estar en primera línea de pasillo, sino la escuchamos junto con la megafonía que anuncia las ofertas de las diferentes secciones. 

Después de días intuyendo la corriente de personas por encima de las esquinas de los paquetes de bayetas colindantes, un día caí en las manos de una de esas personas que elige los elementos que están más atrás en los estantes en lugar de los primeros. Y así empezó mi aventura en el mundo exterior: caja, bolsa, coche, viaje, casa y armario. 

Mis compañeras verde y rojorosanaranja fueron elegidas primero. Las bayetas, a diferencia de los humanos, rara vez tenemos contacto con bayetas más experimentadas en la vida que nos aconsejen o instruyan a no ser que sea en los propios domicilios a los que vamos a parar, o a no ser que podamos estar en armarios con vistas donde analizar lo que hacen nuestras compañeras. Pasé bastante tiempo sin saber muy bien cuándo podría cumplir alguna misión hasta que un día, mientras me encontraba pensando en estas cuestiones existenciales, escuché a la misma voz con la que inicié esta reflexión decir con cierto pesar: “Bueno, pues habrá que usar la bayeta blanca”. Sin darme tiempo a mayor reflexión, empezó la acción: limpié toda clase de superficies y suciedades en múltiples ciclos de frenéticos chapuzones de agua, escurridos y  paseos en misiones limpiadoras. 

Justo ahí, después de varias repeticiones de ese agua con insistencia, escurrir, escurrir, limpiar, limpiar; casi recién estrenada, fue cuando la voz se lamentó del despropósito de mi color para el cometido de bayeta mientras me arrojaba a una pila de toallas y trapos al lado de la lavadora. 

Y aquí, mientras espero mi turno de lavado, pienso que hay bayetas, toallas y trapos de otros colores seguramente más necesitados de lavadora que yo, pero en sus fondos más oscuros nadie ve con tanta claridad la suciedad. “En fondo blanco la porquería reclama más lejía”, me dice un trapo de cocina azul marino. “Salta a la vista”, añade. “Mejor ser trapo blanco lleno de porquería reclamando lejía que color oscuro y sufrido con sombra y polvo escondido”, pienso. “En todas partes cuecen habas”, dicen los humanos de refranero clásico. Seas bayeta o trapo blanco, azul marino, verde o de color impreciso, el polvo que recojes es el mismo. No por ver las cosas con más nitidez existen más, sobre cualquier superficie, fondo o lugar seguramente están en igual o en mayor cantidad.

domingo, 23 de abril de 2023

La era de la glaciación

Si el tiempo que pasas en un lugar es un ente con vida propia que nace el día que empiezas a vivir en él quizás cuando este ente llega una determinada edad sea el momento natural de considerar marcharse. 

Vivo hace casi veinte años en Barcelona, llegué a finales de 2003 a una Barcelona que construía y promocionaba el Fórum en un posible intento de revivir el 92 (o incluso la época de las Exposiciones de 1888 y 1929); un “crísol de culturas”, un homenaje al cemento y las placas solares de veinte hectáreas y más de trescientos millones de euros de presupuesto escondiendo restos industriales, maquillando y/o evidenciando La Mina y ganando metros al Mediterráneo (como si al mar se le pudiera ganar en algo). Cemento y placas solares que aún no conocían Primaveras Sounds, ni Cruillas, ni otros menesteres del turismo musical. Llegué a una Barcelona que aún sostenía diez años de resaca de unos juegos olímpicos que ví desde mi televisor de tubo de rayos catódicos en un pueblo a orillas del Cantábrico. 

No conocí la Barcelona preolímpica de la que hablan las palabras que la retratan, critican, halagan y comparan y que, para bien o para mal, establecen en aquel 92 un antes y después. Me han aproximado a esa Barcelona, que no puedo imaginar en qué grado y forma hubiera apreciado o defenestrado, múltiples artículos de opinión de hemeroteca o, entre otros, los momentos de contracultura músico-poética recopilados en Gestió del Caos (Aleix Salvans, 2018). Sin embargo, sí que conocí las Ramblas llenas de artistas callejeros retratados por cámaras de carrete e incipientes cámaras digitales entre teléfonos móviles sin cámaras ni colores. Conocí otro Sant Pere Més Alt y Baix donde, un día cualquiera a las tres de la tarde, Mossos d’Esquadra en cada esquina avisaban a los paseantes que era mejor caminar por otro lugar. Conocí una Barcelona con más granjas y otros sucesores similares de históricos colmados y autoservicios. Una Barcelona donde no había franquicias sobre ruedas repartiendo cualquier cosa repartible a cualquier hora del día, donde la combinación heterogénea de vehículos no parecía un cruce de calles del GTA. Conocí la Barcelona que se destruía en la película documental En Construcción (José Luis Guerín, 2001). Y justamente puede que “en construcción” sea el estado perenne de las grandes aglomeraciones; como en su momento, la plaza Lesseps, como el nudo de Glories o como, jugando en otra liga diferente, la Sagrada Familia. 

Siento que Barcelona está desgastada, llena de óxido y franquicias germinando tras cada cartel de inmobiliaria. Germina un Starbucks al lado de la estación de Arco de Triunfo que es posible esté ya en pleno rendimiento o sea pronto reemplazado por otra institución similar, germinan cientos de tiendas anodinas y efímeras sobre los restos de las herencias de hijos, sobrinos o nietos que en lugar de poder o querer perpetuar, reflotar o reconvertir tiendas de barrio seguramente deficitarias decidieron venderse al capitalismo agresivo para no vivir esclavizados a una silla de oficina remota o presencial a un mínimo de treinta minutos de tránsito por el subsuelo. 

A las ciudades no les importan los pies que las transitan pero el peso de más de dieciséis mil personas por kilómetro cuadrado que aglutina esta ciudad sostenido por la hormigonera de túneles del suburbano es el meteorito que la aboca a algún Apocalipsis, a la glaciación de la civilización en una colección de logotipos franquiciados que podrían estar en cualquier ciudad. Caminar por Barcelona un día —si es que ese día no ha llegado ya— será como caminar por cualquier otro lugar sometido a las mismas leyes, será sentir el poder la ubicuidad de los centros comerciales, los parques temáticos y las tiendas de souvenirs. Quizás sea este el destino de las civilizaciones urbanas, y digo urbanas esperando no llegar a ver un declive similar en lo rural o intentos de imitar lo urbano, de la misma manera que el mundo se inspira en el reino de la Coca Cola y el McDonalds. Quizás todos los lugares donde se acumulan demasiadas personas tienden al mismo estanque lleno de mosquitos revoloteando o quizás Barcelona sea una ciudad de playa con veraneantes perpetuos donde, independientemente de la meteorología, siempre sea agosto. 

La única opción es tal vez parapetarse extramuros y hacer de tu domicilio tu castillo, confiar en no tener obras demasiado cerca o que, si las hay, no sean perpetuas y mirar el horizonte disponible desde tu balcón o ventana hasta que lo que veas se convierta también en cualquier lugar. Si lo que más valoras del lugar en el que vives es tu domicilio entonces considera si tu ente vital ya ha vivido demasiado tiempo en él. Y si además imaginas tu casa en un campo en medio de la nada quizás es que ese lugar en el que vives no tiene ya más sentido que sostener los cimientos de la casa que habitas.

Digo todo esto sin ánimo de sacralizar innecesariamente tiempos pretéritos, de criticar encarnizadamente el presente o de ser como algunas voces de generaciones anteriores aficionadas a, acompañándose de duras críticas a “la juventud”, idolatrar un antes que nunca volverá y que siempre fue mejor. 

Quizás si hubiera vivido aquí hace veinte años hubiera pensado lo mismo por otros motivos, quizás sólo se puede vivir en los lugares un número determinado de años. Seguramente habrán existido otras yo de otros siglos rememorando otros veinte años de existencia en esta ciudad y diciendo las mismas cosas, seguramente existieron miradas críticas parecidas a esta sobre similares pensamientos considerando abandonar esta ciudad justo cuando yo llegaba.

Es posible que Barcelona hace veinte años ya fuera la misma que ahora y que sea yo quien haya cambiado la manera de mirarla, quizás sea necesario otro 92, o incluso otro Fórum fallido, que reacomode los cimientos o los remueva, o los tire abajo para volver a construirla. Mientras tanto, hasta que esta glaciación despersonalizadora de lo urbano la haga inhabitable, vendrán muchas otras yo a transitarla, vivirla, repetir las mismas cosas y finalmente, seguramente con muchas reticencias, considerar emigrarla.